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Una pequeña reflexión

Tenemos la suerte y la desgracia de toparnos con multitud de personas diferentes a lo largo de nuestras vidas.

Algunas de esas personas son una bendición: simplemente con su presencia son capaces de transforma la energía del sitio en el que se encuentran, de llevarla a un nivel mejor. Son personas cuya sonrisa se contagia, cuyo saludo alegra el alma incluso en el más oscuro de los momentos. Son personas que siempre llaman en el momento oportuno, que te descubren una canción nueva en el momento oportuno o que te hacen recordar aquella anécdota especial en el momento oportuno. Sin saber cómo ni por qué, las sientes a tu lado y nada cambia entre vosotros aunque llevéis un tiempo sin saber el uno del otro. Son las personas que están AHÍ, de forma altruista, por TI. Si conocéis a alguna de estas personas cuidar de ella.

Pero también existe otro tipo de personas. Son aquellas que nos hacen daño sin saber por qué, puede que incluso sin darse cuenta. Son personas que absorben tu energía, te llenan de miedo y de angustia, quitándote cada una de tus ilusiones o esperanzas. Son personas que provocan que no podamos dormir, que estemos cansados, que estemos tristes. Su actitud ante nosotros y ante la vida nos hunde. Son como una losa de la que resulta muy difícil librarse, porque incluso algunas de estas personas nos persiguen. Es como si se alimentasen de todo lo malo que nos provocan, como si su único aliciente vital fuese el dolor que generan. Si conocéis a alguna de estas personas distanciaros todo lo que podáis de ella.

Lo malo es que aunque nos demos cuenta de esto, somos nosotros los que también tenemos predisposición a hundirnos ante una influencia negativa. Cuando sólo te rodea el miedo y la oscuridad, ver el punto de luz que te sacará de todo eso es más complicado de lo que parece. Pero no nos olvidemos de que está ahí. Lo bueno de todo es que al final nosotros tenemos el control sobre la situación aunque no nos demos cuenta. Lo bueno es que nadie puede hacernos más mal que el que nosotros le permitamos. Ya tenemos suficientes enemigos como para convertirnos a nosotros mismos en uno de ellos; pero también tenemos suficientes amigos como para no darnos cuenta de que están ahí.

Ya sólo me queda decir una cosa: “Expecto patronum“.

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