MUJER, RELATO

WTF? Mi primera cana

Por Vicky Vera

Tengo unas raíces horribles. Cuando por todos los medios intentas ser pelirroja, pero naciste con una mata de pelo castaño oscuro, esto de la raíces son cosas que pasan y con las que aprendes a lidiar. Y te haces amiga del tinte. Me pongo los guantes de látex y preparo la mezcla: un tubo de 7.40 más un bote de agua oxígenada de 40 volúmenes. La chica de la tienda de artículos de peluquería sigue alucinando cuando le pido agua de 40 en vez de agua de 30, pero es mi pelo y si hay algo que odio es que el tinte quede oscuro.

Manos a la obra pues. Cojo el peine y empiezo a separar mi pelo en dos partes. Raya central bien marcada, como si me hubiesen pegado un hachazo en la cabeza. “Vaya raíces que tengo”, pienso; “esta vez me he pasado un poco…” Y de pronto, cuando me giro para empapar la brocha en el tinte, veo un destello. Freno en seco. No puede ser. Me giro, esta vez más despacio, sin perder de vista el espejo… y ahí está otra vez. Que no puede ser. Me acerco al espejo, busco la fuente del destello y la veo. Abro más los ojos. No puede ser. No me lo creo, pero ahí está brillando entre mis raíces oscuras: una CANA.

MI PRIMERA CANA.

MIERDA.

De repente, ya no me tiño el pelo por diversión, lo hago por necesidad. Mierda. Y la voz de mi madre vuelve a mi cabeza: “si es que ya no tienes 18 años…”. Tiene razón, acabo de cumplir 28 pero, ¿canas ya?

Y yo que pensaba que había tenido suficiente el otro día, cuando me dijo esas mismas palabras por primera vez. Estábamos en Zara, buscando mi regalo de cumpleaños. Me probé unos pantalones y, de pronto, mi talla de toda la vida no me pasaba por encima de las caderas. “No puede ser”, pensé también. Pero así era y le pedí a mi madre una talla más. “Si es que ya no tienes 18 años…” Y bajo los alógenos del probador (maldita sea la iluminación cenital) vi como en mi culo y mis muslos aparecía unas pequeñas sombras. Unas sombras que desvelaban unos hoyitos en mi piel. “¿Celulitis? No jodas…” Y empecé a fantasear con la idea de salir a correr todos los días, beber nosécuántos litros de agua al día, comer ensaladas con aliño light y desterrar de por vida la fritanga de mi dieta.

Vuelvo a la cana. Y de pronto todas las chicas con las que me cruzo son más jóvenes y están más delgadas que yo, y todos esos anuncios (los de los bífidus, los de las pérdidas de orina, los de las fajas reductoras, los de laxantes, los de baba de caracol…) ya no me parecen tan absurdos. Algunos empiezan a tener sentido… “¿Qué me está pasando? ¿Esto es tener 28 años? ¿Ya no hay vuelta atrás?”

Voy hacia el salón, donde mi novio ve la tele. “Tengo 28 años y tengo una cana”, le digo. “Tranquila, yo tengo 30 años. Imagina”. Y así nos quedamos, viendo la tele.

 

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