MÚSICA

Jazznocrazy

¿Se puede hacer feliz a la gente en un periodo tan convulso como la Alemania de entreguerras, cuando el sueldo que cobrabas por la mañana ya no te llegaba ni para comprar la cena por la noche? Pues sí. Y si no se lo creen, pregunten por James Kok.

Berlín, durante la República de Weimar, se convirtió en una ciudad de desenfrenada vida nocturna y en el perfecto caldo de cultivo de muchos movimientos ideológicos y artísticos. Es lo que pasa cuando sobrevivimos a una Guerra Mundial: nos entra ansia por la vida. Por desgracia, a otros les puede el odio y por ello se dieron contrastes muy fuertes, como el auge del expresionismo y el dadaísmo por un lado y el nacionalismo por otro (para más referencias a esta época os recomiendo una película y un libro: Cabaret y Una Princesa en Berlín, de Arthur R.G. Solmssen). Uno de esos “ansiosos” de la vida fue James Kok, músico maravilloso que inundó de swing la noche berlinesa.

Este ucraniano dominaba el saxo, el clarinete y el violín. El 1923 se trasladó a la capital alemana y fundó su propio banda que llegó a convertirse en Big Band (con nada más y nada menos que 15 músicos a su cargo), de la cual se dice que tocó durante años, siete noche a la semana con un ritmo loco y desenfrenado en el local que consideraban su hogar: el Moka Efti. Y para muestra, un botón: Geisterpunk, una de sus piezas más famosas

Pero hacer swing en Berlín entrados los años 30 dejó de ser algo fácil. Sobretodo teniendo en cuenta que los nazis no eran muy amigos de la fiesta y prohibieron, en 1935, cualquier tipo de música con sus orígenes en Estados Unidos o Reino Unido, especialmente el swing al que consideraban un “arte degradado”. Además Kok se enfrentaba a otra dificultad: casi toda su familia era de origen judío.

Goebbels, ministro de propaganda del gobierno nazi, empezó a difundir listas negras de músicos, canciones y discos. El jazz, el swing, etc… quedaron expresamente prohibidos y su difusión por radio estaba penada. Por ello, cuando Kok tuvo que abandonar el país (para seguir vivo) y dejó como director de su Big Band a su clarinetista Erhard Bauschke, es admirable que éste iniciase una resistencia civil contra las prohibiciones tocando de forma clandestina.

Pero también es cierto que cuando algo se prohibe resulta más apetecible. Los alemanes empezaron a sintonizar emisoras británicas para poder escuchar esta música. Y Goebbels se vio forzado a crear una banda de “swing nazi”, que hacía versiones de clásicos americanos introduciendo mensajes antisemitas. Imaginad la escena: nazis tocando música negra con letras antisemitas. Ridículo.

Durante la guerra, James Kok viajó por Suiza, Rumanía, Ginebra y Holanda. En todas las ciudades en las que estuvo, formó bandas para poder seguir haciendo aquello que más le gustaba: música. Pero nunca nada tan mítico y especial como lo que sonaba en las noches berlinesas. Quizás porque nunca antes tocar y disfrutar de la música era tan inexplicablemente necesario como lo fue en la Alemania de los años 30. En 1969, pudo regresar a Berlín, donde murió años más tarde.

¿Y por qué me da a mi por escribir sobre James Kok, un personaje que descubrí hace más o menos un años en un programa de Carne Cruda? Pues porque cualquiera que se pone Jazznocrazy por las mañanas se queda lleno de vida para que queda de día. Y de noche.

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